viernes, 15 de junio de 2012

Diccionario breve de palabras expoliadas I

La palabra es la mayor y más poderosa posesión del ser humano. Nos diferencia del resto de los animales y nos permite adentrarnos en el otro, ser el otro, en un maravilloso mestizaje. La palabra puede ser letal, acogedora, cruel o amable. Pero también delicada, dúctil, maleable. Y es en su propia fortaleza donde radica su fragilidad.

Observo la maravillosa aunque terrible transformación que sufren algunas palabras que han sido sometidas a manipulaciones de laboratorio con el  objeto de hacerlas parecer lo que no son, y lograr mentir a la gente cuando se las invoque. Las llamo las palabras expoliadas. Como la manipulación del lenguaje en favor de intereses espurios es cada día más intensa he decidido abrir algunas entradas para reflexionar sobre ellas. He aquí la primera.

Transparente.  adj. 1. Se dice del cuerpo a través del cual pueden verse los objetos distintamente. SIN. Diáfano, cristalino.

Alguna vez escribí a propósito de aquella leyenda que circula sobre Goebbels y su concepto de transparencia. Parece ser que el genio de la propaganda nazi se propuso instalar en la opinión pública germana la idea de que los judíos eran los culpables de los males que aquejaban Alemania por medio de un ejercicio de transparencia: En unos inmensos carteles con los que empapeló las principales calles de Berlín se podía leer “Alemania está al borde de  la catástrofe por culpa de los negros, los gitanos, los ciclistas y los judíos”. A los berlineses les sorprendió mucho la inclusión de los ciclistas en esta lista. Esta extrañeza y las preguntas que surgieron a raíz de la misma provocó que pocas personas se percatasen de los otros grupos incluidos en la lista de los culpables del sufrimiento alemán, no siendo, por tanto, cuestionada en estos extremos. De esta manera, una información que llamó poderosamente la atención por absurda, (los ciclistas son los culpables) permitió que otras transparentes aunque no menos descabelladas, calasen en los alemanes de manera inapreciable.

Ignoro si la historia se ajusta a la realidad, ni siquiera si la recreación es correcta, pero aun no siendo verdad  explica perfectamente el expolio que ha sufrido  la palabra “transparencia”.

Siempre hemos pensado que obrar con transparencia es lo más correcto. Cuando algún político nos prometía una gestión transparente pensábamos que expondría a la luz pública todas sus maniobras, sus decisiones y motivaciones en esa gestión de lo público. De la misma manera, los banqueros nos han asegurado durante décadas la misma transparencia en su trabajo, en el uso de nuestro dinero. Pero resulta que, cuando decían “transparencia” se referían en realidad a “invisible”. De ahí que los primeros hagan y deshagan sin darnos ninguna explicación sometidos a las órdenes de los segundos, que actúan bajo la misma invisibilidad. (No me he equivocado en el orden).

Lejos de estar bajo el mandato de misteriosos gobiernos en la sombra los que de verdad deciden sobre nuestro presente y futuro ejercen su labor desde la más absoluta transparencia.

y así, descubrimos que alguien decide por nosotros que somos insolventes, que se ha de recortar en gastos que la mayoría  consideramos necesarios, que hemos de sacrificarnos, ajustarnos el cinturón y vivir pendientes de primas de riesgo evaluadas por empresas privadas, bolsas, recortes, mercados…

¿Quiénes deciden qué?¿quiénes se enriquecen con la pobreza de tantos?¿quiénes están haciendo el negocio del siglo con la crisis? No lo sabremos nunca. Son transparentes.  

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viernes, 1 de junio de 2012

Z-75

-¿Llevas tu carné?-
-Si. Siempre lo llevo-
-Bien. Tu coge el bolso con los papeles y me lo das cuando te lo pida-
-Z-75, mesa 9- Salto de mi asiento como un conejo al escuchar un disparo. La megafonía es infame, pero aún audible. Sigo a mi mujer sorteando a varias personas que esperan el turno para comparecer, como nosotros, ante el Oráculo que nos vaticinará si el Olimpo nos es propicio (pagar o ser pagado, he ahí la cuestión). Al pasar junto al habitáculo de la recepción miro de reojo al inmenso sapo con forma semihumana que me dio el número:
- Perdone, solicitamos hace unas semanas una cita por internet y no sé si…-
-Un momento- machaca con sus dedos sin huesos el teclado del ordenador.-Espere su turno.-  Le ha costado media vida levantar el brazo para ofrecerme un papel similar al del turno de la carnicería con un número y una letra. No me mira. Posa sus ojos de anfibio en mí, pero no ve nada.
El que viene detrás de mí pide otro número, y mientras me retiro me percato de que no porta, como yo, el  folio impreso de la cita por internet. Acuciado por la angustia de haberme equivocado insisto a la mujer-rana.
-Perdone, pero yo pedí cita por internet-
-Espere su turno-. Esta vez sí he conseguido que deslizara sus gafas y fijara sus ojos en mí,  por encima de la montura. Me vuelvo a mi sitio, con el rabo entre las piernas, convencido de que nunca sabré si existe el área 51, quién mató a Kennedy o para qué coño saqué  el número para hacer la declaración de la Renta por internet con mes y medio de antelación.
El funcionario de Hacienda es preocupantemente joven. Mi mujer lo prefiere, pero yo siempre desconfío de los que son más jóvenes que yo y aparentan saber más, sobre todo cuando este extremo se confirma.
-Buenos días-.
-Buenos días-. Intento dar una imagen de superioridad, procuro sentarme con informalidad y ofrecer una sonrisa cómplice que no encuentra correspondencia.
-DNI, por favor-
-Bien. En el ordenador aparece que es usted Fulanito de Tal, trabaja en tal empresa, tiene coche, tiene una hipoteca y un préstamo personal con una entidad bancaria. También aparece que tiene un seguro de vida y otro de hogar, un plan de pensiones…-
El funcionario sigue abriendo mi vida en canal, sacando a la luz mis deudas y capitales, mi vida laboral, los hijos que tengo y desde cuándo estoy casado. Miro a mi mujer que se prepara para empezar a darle papeles al funcionario en cuanto los solicite. Me pregunto qué más puede pedir, si conoce hasta el más mínimo detalle de mi insulsa existencia.
-¿Me permite su última declaración de la renta?-
-Dame la bolsa- Dice mi mujer con una resolución que quita el hipo. Busca entre toda la documentación que ha preparado durante tres días y le proporciona al funcionario la declaración que pide.
-La del año anterior.-Nueva búsqueda. –Dígame qué pone en el recuadro 3b.-
-321-responde rápidamente mi esposa/gestora fiscal.
-Bien, ¿estas son las retenciones totales?-
-Si-
-¿Ustedes vendieron el año pasado un piso?-
- Si, nuestra vivienda habitual-
-¿compraron otro?-
-Claro.-
-¿Me da las escrituras?¿dónde aparece el importe total del préstamo hipotecario?¿Por cuánto vendieron el antiguo?¿por cuánto lo compraron?¿tienen los gastos de notaría?¿Este es el precio de tasación?-
-Dios, que no me pregunte a mí-me digo-porque la puedo liar parda.- Mentalmente compruebo los dos únicos datos que tengo claros: el número de mi carné de identidad y la talla de calzoncillos que llevo.
-¿Incluye este documento las deducciones por maternidad?¿Tienen algún otro gasto que desgrave?-
Algún otro gasto, dice.
A cada respuesta los golpes a la calculadora del funcionario arrecian, sin saber si suma o resta. Como no entiendo ni una palabra de lo que están diciendo me concentro en su lenguaje corporal. A veces asoma a sus labios una media sonrisa que me corta la respiración. Otras veces frunce el ceño y me doy por perdido. Yo he abandonado ya toda compostura. Permanezco con las rodillas juntas, las manos entrelazadas y echado hacia la mesa del funcionario, que a veces me mira con lástima. Intento recordar si devolver es que das o te dan, aunque tratándose de Hacienda siempre te dan. Dios qué va a pasar con nosotros ahora, con lo jóvenes que somos y con dos niños pequeños en el mundo. Apiádese de nosotros, señor funcionario, le digo con la mirada.
-Bueno, la de usted ya está, aunque para que devuelva harían falta otros conceptos deducibles, porque la mayoría que me han proporcionado no desgravan.-
Silencio.
Dios mío, qué va a ser de nosotros ahora.

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viernes, 20 de abril de 2012

La gotera

Tengo una gotera en casa. Pocos minutos después de comenzar a llover los escasos días de agua del mes de marzo una gota se deslizaba por el aluminio, estrellándose en el parqué de mi salón. Con un estruendo silencioso, perdía su perfección esférica, transformada en lágrima por la velocidad con que la tierra ansía abrazar lo que es suyo, para ser después estrella líquida, desorientada naturaleza entre mis muebles de Ikea.

Tras el estupor y el enfado de los primeros días, la gota y yo nos acostumbramos a encontrarnos. Yo la esperaba en cuanto sentía el aviso del agua en mis cristales y ella sonreía desde el techo antes de emprender su viaje al vacío. Esta gota, antigua y nueva cada vez, me trae la consciencia del calor de mi casa. Surge de mi hogar otra luz un poco olvidada por la guerra diaria de lo pequeño y gracias a su minúscula amenaza encuentro más paz y acogimiento en mi rutina.

Qué bueno es no desear de vez en cuando, me dice mi amigo Pedro Villarejo. Pero qué necesario es también recordar lo efímero del presente, de las cosas e incluso de la existencia para disfrutarlas.

El día en que el Titanic celebró sus cien años bajo el mar, mi gota trajo una legión de agua y viento que encontraron sus caminos secretos para colarse mansa y masivamente en mi salón. Durante unas horas no hubo cubo, barreño o palangana seca en casa y todo fue un ir y venir tapando vías. Hundiéndonos en el cuarto piso, mientras mis hijos, improvisados músicos de orquesta, tocaban instrumentos de mentira. Al despedirse la luz también el agua se retiró en tregua. Pero mucho me temo que cualquier otro día de tormenta volvamos a las andadas. Ya conocemos la perfecta memoria del agua. No queda otra solución que volver a sellar las juntas, fortalecer las defensas y tapar las entradas. Me incomoda pensar en mi gota de agua cuando venga sigilosa a descolgarse. No podré mirarla a la cara y soportar su reproche líquido tras el cristal sellado de mi ventana.

jueves, 1 de septiembre de 2011

La divina comedia

La luz daña tanto los ojos que apenas puedo abrirlos. A lo lejos, distingo el azul del mar, como una amenaza que se cumple. Bajo los pies, un ejército de hormigas muertas me achicharra mis delicadas plantas. Miro hacia abajo y no entiendo de qué manera esos granos de arena terminarán en algún lugar de mi anatomía que no conoce la luz del sol. La piel de mis hombros se estira. Noto deshidratarse las células de mi epidermis y empiezo a sentir un picor molesto y constante. El sudor no tarda en aparecer, haciendo que la arena en suspensión que trae el maldito viento se me incruste en los poros de mi cara. Hay un enjambre de niños que corren a mi alrededor. Los que están mojados me salpican. Los que están secos levantan un polvo asqueroso que irá a parar a mi toalla. Hay una gorda impresionante, aunque a poco que me fije me doy cuenta de que la playa está llena de lorzas sudorosas, tejido adiposo por doquier. Aquí un canalillo insondable brillante y pegajoso, allá unas posaderas irregulares. Caigo en la cuenta de que quien debiera tapar carnes las exhibe sin pudor, haciéndome llegar al estado cero en el libidinómetro. Por contra, lo que pudiera ser del agrado de la vista sucumbe bajo paipais multicolor. Ando un poco hacia la orilla, buscando el frescor del mar, pero no consigo llegar porque las malditas piedras afiladas que trajo el levante se me clavan en los pies, ya humillados por el calor de la arena. Haciendo un homérico esfuerzo consigo meter los pies en el agua, justo cuando un cachas decide correr detrás de su novia, salpicándome la espalda. Vuelvo a mi campamento. Me parapeto bajo la sombrilla, procuro poner la toalla de tal manera que no se me llene de arena, cojo el libro, pero ya es tarde. La bolsa, herméticamente cerrada, está embarrada por dentro(¿?), y por el libro corren felices granos oscuros, modificando las letras con sus sombras, reescribiendo el texto. Quién sabe cómo acabará ahora el libro.

La merienda en la playa, que uno recordaba con un inmenso cariño desde la niñez, es otro infierno: todo pringa y la arena se pega a lo que pringa. Por fin llega el comienzo del crepúsculo y con él la felicidad de la recogida. Me siento como un soldado norteamericano abandonando Vietnam; no importa qué me dejo atrás. Lo que importa es salir de allí, aunque lleve a casa treinta kilos de tierra pegada a los pies, me pique la camiseta en la espalda por el salitre y no pueda caminar en días. He salido del Hades, atrás queda Caronte con su frisbee. Sin embargo, e incomprensiblemente, sigo encontrando razones para ir otra vez a la playa.

 

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martes, 24 de mayo de 2011

Indígnate

Obviemos los oportunistas, los intentos de manipulación, los perroflautas, los timbales, las botellonas, los partidos políticos que se apuntan los tantos, los violentos y tantos y tantos que intentan sacar partido de este movimiento social que ha surgido estos días en nuestras calles. Transcribo (y suscribo en su totalidad) el manifiesto que entregaron el pasado sábado, día 21 de mayo en la concentración de la Plaza Antonia Guerrero, de Estepona.

Manifiesto “Democracia real ya”

Somos personas normales y corrientes. Somos como tú: gente que se levanta por las mañanas para estudiar, para trabajar o para buscar trabajo, gente que tiene familia y amigos. Gente que trabaja duro todos los días para vivir y dar un futuro mejor a los que nos rodean. Unos nos consideramos más progresistas, otros más conservadores. Unos creyentes, otros no. Unos tenemos ideologías bien definidas, otros nos consideramos apolíticos… Pero todos estamos preocupados e indignados por el panorama político, económico y social que vemos a nuestro alrededor. Por la corrupción de los políticos, empresarios, banqueros… Por la indefensión del ciudadano de a pie.

Esta situación nos hace daño diariamente. Pero si todos nos unimos, podemos cambiarla. Es hora de ponerse en movimiento, hora de construir entre todos una sociedad mejor. Por ello sostenemos firmemente los siguiente:

- Las prioridades de toda sociedad avanzada han de ser la igualdad, el progreso, la solidaridad, el libre acceso a la cultura, a la salud, a la educación, a la participación política, al libre desarrollo personal y al derecho al consumo de los bienes necesarios para una vida sana y feliz.

- El actual funcionamiento de nuestro sistema económico y gubernamental no atiende a estas prioridades y es un obstáculo para el progreso de la humanidad.

- La democracia parte del pueblo (demos=pueblo, cracia=gobierno) así que el gobierno ha de ser del pueblo. Sin embargo, en este país la mayor parte de la clase política ni siquiera nos escucha. Sus funciones deberían ser llevar nuestra voz a las instituciones, facilitando la participación política ciudadana mediante cauces directos y procurando el mayor beneficio para el grueso de la sociedad, no la de enriquecerse y medrar a nuestra costa, atendiendo tan solo a los dictados de los grandes poderes económicos y aferrándose al poder a través de una dictadura partitocrática encabezada por las inamovibles siglas PP-PSOE.

- El ansia y acumulación de poder en unos pocos genera desigualdad, crispación e injusticia, lo cual  conduce a la violencia, que rechazamos. El obsoleto y antinatural modelo económico vigente bloquea la maquinaria social en una espiral que se consume a sí misma enriqueciendo a unos pocos y sumiendo en la pobreza y la escasez al resto. Hasta el colapso.

-La voluntad y fin del sistema es la acumulación de dinero, primándola por encima de la eficacia y el bienestar de la sociedad.  Despilfarrando recursos, destruyendo el planeta, generando desempleo y consumidores infelices.

- Los ciudadanos formamos  parte del engranaje de una máquina destinada a enriquecer a una minoría que no sabe ni de nuestras necesidades. Somos anónimos, pero sin nosotros nada de esto existiría, pues nosotros movemos el mundo.

- Si como sociedad aprendemos a no fiar nuestro futuro a una abstracta rentabilidad económica que nunca redunda en beneficio de la mayoría, podremos eliminar los abusos y carencias que todos sufrimos.

- Es necesaria una Revolución Ética. Hemos puesto el dinero por encima del Ser Humano y tenemos que ponerlo a nuestro servicio. Somos personas, no productos del mercado. No solo soy lo que compro, por qué lo compro y a quién lo compro.

Por todo lo anterior, estoy indignado.

Creo que puedo cambiarlo.

Creo que puedo ayudar.

Sé que unidos podemos.

Sal con nosotros. Es tu derecho.

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sábado, 16 de abril de 2011

El último suspiro

Mi casa ya no es mi casa, y por los armarios vomitan olvidos: botas de fútbol fosilizadas, un calcetín, unos apuntes de COU…también ha visto la luz un par de folios con fecha del 21 de marzo de 2001 que se han empeñado en acompañarme desde el fondo de las carpetas viejas que tanto reparo nos  da tirar. He considerado ser justo con el hombre que me habitó hace diez años invitándole a disparar a las estrellas su reflexión.

El hombre, en su intento de comprenderlo todo, de no ceder nada al misterio, tiende a conceptualizar su vida cotidiana hasta límites enfermizos. Lo define todo sin darse cuenta de que hay cosas que no admiten definición, que se escapan a las palabras. Porque hay cosas que no pueden concretarse, clarificarse o entenderse. Hay cosas que se definen con enunciados encontrados y ambos válidos, hay cosas que admiten lo negro y lo blanco, lo bueno y lo malo, lo que es y lo que no es y que solo así, con esa visión generosamente ecléctica, puede uno atisbar el rastro de su verdadera esencia.

La vida es una de esas maravillas con la que nos quedamos cortos cuando intentamos hablar de ella. La vida es un bullicio creativo de colores que se aglutina en nuestra paleta diaria. Es una esperanza, siempre una ventana abierta, la posibilidad de las posibilidades, un papel en blanco, un millón de tentativas en un andar a tientas y una única certeza palpable, física, que no admite resquicios para la duda: la muerte.

Con la muerte, que nos ha de alcanzar a todos por mucho que absurdamente corramos en su contra (que a veces es a su favor), tenemos esa cita a la que nunca nadie ha llegado tarde. Silvio Rodríguez nos recuerda que desde que nacemos andamos de camino al cementerio. En ese viaje solo de ida, en ese cruzar el lago hacia la otra orilla nacemos, nos alimentamos, amamos, reímos, lloramos, callamos…pero todo es un paseo manso hacia la conclusión de nuestros días. A la muerte siempre le ha tocado bailar con la más fea, ser el monstruo que se nos ha de llevar, el objeto de las iras y los llantos de los amantes que se quedan. Y eso porque pasamos por la vida (o la vida pasa por nosotros ) sin asumir  desde el principio que hemos de fallecer, que la muerte es tan propia de la vida como la risa o el llanto, que la vida y la muerte no son dos cosas diferentes ni mucho menos antagónicas, que son la sucesión natural la una de la otra, que de nuestro mundo nadie saldrá con vida.

Quizás, si al abrigo del dolor, si antes de lo irretrasable consiguiéramos esa perspectiva de la vida (y sobretodo de la muerte) le daríamos verdadero valor a lo cotidiano, a las palabras y abrazos de los demás. Ese es el sentido real del Carpen Diem. No es “vive a lo loco”, sino aprovecha el momento, vive plenamente, que vivas tus días de tal manera que tu muerte parezca una injusticia. Solo así la muerte se puede entender de mil maneras pero desde el principio de lo natural, de lo ya escrito en el libro de nuestras venas. Esa visión de la existencia aportaría un sentido nuevo y fresco al vivir. El alma se convertiría en el colador por el que pasa el oro líquido del tiempo. Recogeríamos metales y piedras preciosas del carbón de las desgracias, y el sueño y el dormir pasarían a ser, definitivamente, dos cosas diferentes.

La muerte nos lleva de la mano por los escaparates del vivir para que aprendamos el misterio de las flores y los besos, el idioma riquísimo de la risa, el respeto por lo que nos sobrepasa, por lo que nos precipita por el vértigo de la incomprensión. Y en ese viaje se nos olvida quién nos lleva de su mano, quién emprendió con nosotros la excursión, a quién hemos de mirar en el último suspiro, cuando se compruebe si realmente hemos aprendido la lección de lo inmenso.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Filosofía de pañales. Poesía de biberones

 

Después del baño, esa odisea terrible  y fantástica en la que suelen suceder las cosas más estresantes del día y también las más bellas, mi hijo me peina con un tarro de pomada. Dice que tengo pelo. El hecho y la afirmación nos trae dos hermosas transformaciones de la realidad. Una, potencia convertida en acto imposible. Qué más da si no es un peine, yo convierto la suavidad de la textura del tubo en cerdas de cepillo, defiende sin una palabra mi pequeño. La otra, su deseo de un tiempo ignoto en el que indómitos cabellos cubrían mi cráneo. Y solo con eso, potencia sublimada en acto y deseo invocado, obra el milagro. De saber leer, mi hijo hubiese conocido por Umbral que se pierde lo rubio del pelo como se pierde lo rubio del alma, el estofado de oro con que nos decoró la vid en un principio. Pero su transformación, de puro inocente, surte efecto y, de hecho, me repasa con la crema de las rojeces la tímida pelusilla que resistió los crueles envites del tiempo, la gravedad y la genética.

Su risa oficia de notario del milagro y no puedo más que recordar a Hernández instando a su Manuel a defender su risa pluma por pluma. Y mientras me dejo hacer con la mansedumbre de un lobo malo me pregunto si aquello que relampaguea al fondo de sus ojos no ha de ser lo indispensable para hacer del ahora la eternidad a partir de una sencilla felicidad en la que los días se precipitan cubriendo una ruta de besos, mojados por algunas lágrimas. Ya duerme y el cascabel de su carcajada aún rebota en las paredes de casa, enseñando en el sueño a su hermano que la risa es el camino.

Sin proponérmelo, y antes de abandonarme al anestésico bombardeo herciano de la televisión, me viene a la cabeza Ángel González y la primera parte de su poema Muerte en el olvido:

Yo sé que existo

porque tú me imaginas.

Soy alto porque tú me crees

alto, y limpio porque tú me miras

con buenos ojos, con mirada limpia.

Tu pensamiento me hace

inteligente, y en tu sencilla

ternura, yo soy también sencillo

y bondadoso.

Y un extraño calor, tierno y acogedor me brota del pecho.

lunes, 31 de mayo de 2010

Mensaje avergonzado para conjurar la amargura de no querer ser feliz

 

Hay días en los que la vida es una boca negra  dispuesta a devorarlo todo. Un tirar del  pesado carro de las frustraciones y las obligaciones. Una larga tarde plomiza de agua, aunque el sol anuncie otra esperanza. Y con una alumna en una cama de hospital, a sus diecisiete años, luchando por vivir o con un amigo viendo zozobrar la diminuta y prematura existencia de una hija que no alcanza los ochocientos gramos, este estado de ánimo que últimamente me embarga con demasiada frecuencia me avergüenza y me hace sentir muy pobre.

Por eso, quiero conjurar la mala sombra lanzando estas letras al abismo, con la certeza de que solo unos cuantos ojos, detenidos en el cariño, llegarán a enhebrar unas cavilaciones que a veces, de puro recientes, no alcanzan sentido.

La tristeza nunca es compañía digna para el hombre, por más que desde este sentimiento a menudo la hermosura se levante sobre sí misma, devolviéndonos a un misterio que no nos pertenece. Pero no es menos cierto que, sin haber razones aparentes, a veces la pesadumbre se adueña de los ojos conque miramos hacia dentro y hacia fuera, y quitarse de la pupila esa seda gris cuesta algún esfuerzo.

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Hay una promesa dispuesta a cumplirse en cada estreno del día, una alegría paciente que busca unos labios que la conjuguen y que avanza como el rayo sin que haya nada que la contenga. Instalados en la atalaya de nuestras miserias esperamos ese beso de la luz, como si nuestro trabajo fuese repasar frustraciones en lugar de contar estrellas. Así, no asistimos casi  nunca al encuentro de la brisa con el trigo, ni tienen nuestros oídos sitio para la verdad pequeña de las cosas que conspiran para ponernos al borde la de mañana, a estrenar la piel y dejárnosla en cada encuentro.

Pero el hombre no es sino un puñado de contradicciones. Aquí estoy, por tanto, queriendo y no queriendo estar en paz. Mirando de reojo a qué me compromete ser feliz.

martes, 27 de abril de 2010

Pan y circo 2.0

En la calle florecen niños por la mañana. A poco que el sol hilvana de luz el aire infantes de todas las edades sacan punta a la esperanza camino de la escuela. El murmullo entremezcla edades y voluntades. Carreras, pasos ralentizados por el sueño aún caliente, saltos… toda una variedad de actitudes ante la realidad de una mañana que se estrena. Viéndolos pasar no puedo evitar sentir cierta solidaridad, un extraño sentimiento que me ayuda a encarar mi jornada con otra paz, y por un breve instante pienso, y creo sinceramente, que no todo está perdido.

Mochilas%20Port%20Design%20inDesde hace algunos meses, ese río variopinto que inunda las calles camino del colegio presenta cierta uniformidad, un toque en su indumentaria que da concierto a tanta pluralidad vital. Y no es difícil percatarse de las mochilas idénticas que portan los estudiantes, como tampoco es complicado, por la profusión en la propaganda, llegar a  la conclusión de que en ellas se guarda el ordenador portátil con que la Junta de Andalucía ha garantizado que ningún escolar se quede desdigitalizado.

 

Y yo, que suelo tener cierta inclinación por el mal pensar, me da por recordar los cientos de niños de educación infantil que cada año se quedan sin escolarizar en mi pueblo por falta de plazas o aquel episodio bochornoso en el que las señoras de la limpieza de un colegio se tenían que llevar los productos de higiene de casa porque no tenían con qué limpiar, por no mencionar aquel otro número del papel higiénico que no se podía adquirir porque no había presupuesto en el Centro Educativo. Y, como no podía ser de otra manera, veo con cierta inquina las bolsas verdes con sus portátiles a bordo. Dicen que la Junta va a dedicar ciertas partidas a estos menesteres y algún otro del que es responsable directo el ayuntamiento y que bien podrían pasar por obvios. Tendremos que esperar para ver si ese agua prometida llega a su desembocadura.

Julio César, ese genio que puso fin a la república romana, supo perpetuar aquella costumbre de ocultar las negligencias políticas de su gestión con la concesión de graciosos parabienes. Meses de fiestas y espectáculos en el circo romano que junto al pan que repartía entre las clases menos adineradas maquillaban la situación real del Imperio y hacían olvidar al pueblo la desesperada situación en la que se encontraba. Los siglos y el perfeccionamiento de la canallesca política han sabido naturalizar la práctica, y hoy no hay gobierno, por pequeño que sea, que no ofrezca prebendas para ocultar sus miserias.

Este pan y circo informático, actualizado, digitalizado de los ordenadores de la Junta es el que intenta disimular la situación educativa, no ya de forma, sino de fondo, que padece Andalucía.

La elevada ratio en las aulas, la pobreza en los recursos de los profesores y de los centros educativos, el sentimiento de abandono del profesorado, que se siente solo en un medio hostil, el estancamiento profesional y de formación que sufren, su falta de autoridad en las aulas, la poca colaboración de las Instituciones gubernamentales y familiares, el sinsentido de algunas leyes educativas, la perversa selección de contenidos, la desconexión de las  aulas con la vida real, la ejecución claramente errónea de los medios necesarios para alcanzar objetivos poco reales o inequívocamente inútiles y un largo y penoso etcétera hacen que los andaluces estemos  a la cola en educación en toda Europa.

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Pero no pasa nada, porque los alumnos andaluces van con un ordenador en la mochila, que es más de lo que pudieron imaginar sus padres. Tengo un amigo que dice que a fuerza de querer darle a nuestros hijos lo que nosotros no tuvimos nos estamos olvidando de ofrecerles lo que sí estuvo en nuestras manos, y nos hizo mejores personas. Las relaciones sociales de nuestros menores se desarrollan en torno a messenger, tuenti, facebook… Estamos a las puertas de hacer realidad aquel chiste gráfico en el que los alumnos y el profesor se sentaban delante de un ordenador personal, independiente y aislado para dar clase en grupo.

Nefasta esquizofrenia pedagógica la nuestra en la que las nuevas tecnologías dejan de ser el medio para transformase en el fin, y en la que los ordenadores dados a mansalva intentan disimular el abismo educativo al que nuestra sociedad de asoma.  

martes, 23 de marzo de 2010

Cañas y Barro

Y no me refiero a la obra del maestro Blasco Ibáñez, sino al estado de las playas esteponeras a escasos días de la Semana Santa. Otro síntoma claro de la inoperancia de este gobierno municipal y otra certeza más de que Valadez se tuvo que agarrar a un clavo ardiendo para componer su “equipo de gobierno” agregando a personas con escasas vistas más allá de su apéndice nasal.

Nunca he deseado tanto equivocarme como ahora, pero mucho me temo que los pocos turistas que vengan a disfrutar de nuestras playas se encontrarán con un panorama desolador: restos de cañas y demás residuos del temporal de hace unas semanas y lodo, mucho lodo.

Y digo lodo porque hace mucho tiempo que la arena, tal y como la entendíamos hace veinte años, no existe. A fuerza de hacer de nuestra costa la piscina privada de la urbanización nos encontramos con que año tras año es necesario arrasar con la paupérrima flora del fondo marino más próximo a la costa para llevar algo de tierra a pie de chiringuito sobre la que poner una toalla. De ahí, que el litoral se vea cada temporada más deteriorado, que uno caiga a una traicionera fosa abisal a pocos pasos de la orilla o que la única fauna y  flora que aún conservamos sea la “latis de cocacolis” o la “bolsarun plasticorum”.

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Es cierto que el temporal ha sido de tal magnitud que las medidas previstas para tales acontecimientos se han visto desbordadas, y que la Junta de Andalucía, esa madrasta mentirosa y procaz, ha destinado ciertas partidas económicas para solventar la situación antes de la llegada del calor. Pero no es menos cierto que esas medidas siguen siendo insuficientes. Dos camiones, una máquina excavadora, un tractor con remolque y unos cuantos operarios es toda la infantería con la que estamos haciendo frente al desaguisado playero. Y llegará el verano (como si lo estuviese viendo) y anunciarán a bombo y platillo la adjudicación de otra bandera azul, sin dejar claro quién ni cómo otorga “graciosamente” dichas insignias tan poco fiables como aquellas escobas de plata que compramos en su día para vergüenza de nuestros concejales y orgullo ignorante y estúpido de algunos vecinos. Está claro, por tanto, que aunque desde la playa del Cristo hasta El Pirata sigamos bañándonos en auténtica mierda nuestros gobernantes sacarán pecho un año más diciendo que la calidad de nuestras playas es maravillosa. El problema es que, muy probablemente, el punto de vista de nuestros visitantes puede ser radicalmente diferente e influya de manera decisiva en el planeamiento de sus próximas vacaciones.

jueves, 11 de marzo de 2010

El Asedio

Hora y media bajo la lluvia esperando que las puertas se abran, con la preocupación de no encontrar un buen sitio para verle el careto a D. Arturo y la vejiga implorando un alivio postergado por las dos horas de carretera y la espera a la puerta del Palacio de Congresos. El libro, un ladrillo de setecientas páginas, bajo la chaqueta, resguardado de la pertinaz lluvia. Casi todos los que formamos la interminable cola que se pierde en la esquina de la antigua fábrica de Tabaco tenemos uno o dos ejemplares. “Hasta completar aforo”, reza la invitación. De ahí que desde muy temprano la gente forme una fila extrañamente silenciosa, educada, que no pierde la compostura ni cuando  abren las puertas. Se respeta el turno de entrada, se cede el paso… En la sala, un precioso salón de actos, no hay carreras, tropiezos, voces o empujones, sino un suave fluir de gentes de variado pelaje que van ocupando los asientos. El murmullo es agradable, casi relajante. Cuando ya no quedan butacas libres se ocupan los pasillos y las escaleras. Ignoro si alguien se ha quedado fuera, aunque lo dudo, ya que hay algunos rezagados que entran incluso cuando se han cerrado las puertas.

A las siete y media, con una puntualidad muy poco española, asoman Óscar Lobato, un tipo gordito y con cara bonachona, y Arturo Pérez-Reverte, que saluda a alguien de las butacas reservadas de las primera fila. Se le ve algo avergonzado por los aplausos con que el auditorio lo ha recibido. Varios minutos de ovación cerrada que termina cuando una señorita con traje de chaqueta oscuro comienza a desgranar la vida y obra del autor de la novela que nos reúne. El escritor más internacional del panorama cultural español, 360.000 ejemplares en la primera edición que sin duda se agotarán en pocas semanas, Alatriste, académico de la Lengua… Mientras, D. Arturo descorcha la botella de vino que han dispuesto en una mesita baja de cristal, custodiada por  dos sillones que ya ocupan los novelistas. Desde mi posición no puedo ver de qué vino se trata, pero por el color y las copas en las que se sirven  parece Fino o dulce de Málaga. Y comienza el acto.

Mucho territorio reverteriano: la muerte como fruto de la simetría cósmica, las fórmulas que rigen el azar, la guerra como lugar natural del hombre, el amor como refugio imposible aunque necesario, el eterno sentimiento unamuniano de ser un español sin ganas, la frustración por una ilustración española insuficiente, que nada tiene que ver con el espíritu revolucionario francés, y que terminó devolviéndonos a la España del Mañana efímero de Machado siempre con los últimos versos por cumplir.

Hora y tres cuartos de conversación entre los dos escritores que da para repasar los personajes principales de la obra y para desplegar ante el auditorio una Cádiz inédita para mí, atractiva y misteriosa.

Para la firma de ejemplares se pide evitar las fotografías y los autógrafos en papeles o servilletas. Aún así, se forma una cola que me disuade de alimentarla. Con quince años menos y más pelo en la cabeza no dudaría en ponerme en cola, pero los años, además de convertirme en mutilado capilar, se llevaron esa ilusión imprescindible para tamaña espera. La consumí, me digo  a modo de consuelo, en la espera de la calle. Me cuentan que a las once D. Arturo sigue firmando libros, como un Sísifo bibliográfico que imprimiera su nombre siempre en las mismas páginas, de forma constante.

La vuelta a casa bajo el enésimo diluvio universal de este año carece de interés. La novela (voy por la página setenta) da lo que promete, al menos por ahora. Extraordinario su comienzo y su meticulosa ambientación. Ya conozco a todos los personajes principales, o eso creo. Ahora la tengo delante, insinuante. Mirándome con prometedora y descarada lascivia. Me llama por mi nombre y a ella acudo tropezando conmigo mismo después de poner este punto.

martes, 15 de diciembre de 2009

El niño número 4

Se sienta detrás de mí en el autobus del colegio y es el niño más coñazo que he conocido nunca. Él no lo sabe, y espero que nunca lo sepa, pero tiemblo cada vez que me pregunta algo o me golpea suavemente el hombro. A esas horas, cuando después de las clases me desplomo en la butaca del autobus, solo quiero que me olviden y olvidar, llegar a casa y comenzar otra batalla infantil, ésta más particular. Le llamaré Antoñito, por ponerle nombre al interfecto. Antoñito tiene graves problemas de aprendizaje, la atención por los suelos y la capacidad de concentración de una ardilla después de caerse en una marmita de redbull. A veces, mientras me cuenta las penas del día, confieso que desconecto. Pienso en la lavadora que me toca poner, en mis enanos esperando verme entrar por la puerta o qué nuevos horrores me esperan en el buzón de mi casa, dentro de un sobre de alguna entidad bancaria. La clave está en evitar cualquier feed-back. El más mínimo asentimiento, dispara los datos y explicaciones de nuestro pequeño amigo. Vivo cerca del colegio, y eso me salva.

Pero esta semana me toca patio, y Antoñito, que no es muy pródigo en amistades, me ha localizado en mi esquina. –¡Hombre, don Pablo!-me dice-¿cómo está?- Es una pregunta directa, por lo que no tengo más remedio que contestar, por dar ejemplo y todo eso. Ayer, sin  ir más lejos, pude zafarme mandándole avisar a otro niño con el que me interesaba hablar, pero hoy no pude deshacerme de él. Sentí el deseo irrefrenable de mandarlo a jugar con sus compañeros, aún sabiendo que no lo haría, o enviarle a alguna misión inútil a la otra punta del patio (vigila aquellos niños y si  se pelean vienes y me lo dices) pero no tuve fuerzas. ¿Qué otra cosa podemos hacer en una mañana vigilando el patio que escuchar a Antoñito?, pensé. Así que le di carrete y, como me temía en mis más íntimos pensamientos, Antoñito desnudó sus dudas con la inocencia de su edad y me desarmó por completo, sembrándome de inquietudes, remordimientos y aciagos pensamientos. -¿Por qué los profesores siempre me ponen en primera fila?-inquiere-Es que a los profesores nos gusta tener delante a gente de la que podamos fiarnos-le contesto.

Así, entre medias verdades y preguntas incontestables, nos llaman a clase. A esas alturas he redescubierto el poder de la palabra, pronunciada y oída, el carácter sanador del verbo. –¿Vendrá a verme el lunes al salón de actos? mi clase hace un teatro de Navidad. Viene a verme mi tía, mi prima y mi padre.- Pues no sé si podré, Antoñito.-le contesto.-¿De qué haces tú?-y él, con toda la gravedad que cabe en un chaval de nueve años dice con orgullo-soy el niño número 4.

Hoy el niño número cuatro, Antoñito, que no se llama Antoñito, me sigue denunciando, espera de mí una respuesta a sus preguntas, aunque sea callada y oyente, cansada a veces. Antoñito sigue aguardando pacientemente al maestro que aún no soy, y cada día me evalúa en los recreos y en la vuelta a casa. 

miércoles, 21 de octubre de 2009

Ya podéis estar contentos

Desolados estamos los esteponeros al conocer la horrenda noticia: Vía Montesinni, el decumanum de nuestra localidad, va a tener que ser levantada en su totalidad para solventar los casi imperceptibles desperfectos que, dicen los malintencionados más contumaces, siembran la calle Terraza. Y no lo entiendo. Con una ejecución que ya quisiera para sí el mismísimo Augusto para su vía la calle Terraza ofrece una imagen impecable,  moderna y amena a la vez. El tipo de adoquinado está inspirado en la popular  muralla china, por lo que si este monumento ha perdurado por los siglos de los siglos, amen, por qué no lo va a hacer la calle más emblemática del pueblo. Vale que podemos encontrarnos alguna arenilla desprendida cuando llueve, o que existan algunos bachecillos en ciertos tramos, o que falten ya más adoquines que los que ocupan su legítimo lugar. ¿Qué importancia tiene que la iluminación no sea la más adecuada o que las aceras sean una pista de patinaje cuando caen tres gotas? Los que desde el principio de las obras se quejaban de los materiales y auguraban el desastre, esos retorcidos maniqueos, estarán tranquilos. Ya os habéis salido con la vuestra: la calle Terraza volverá a estar en obras.Calle Terraza 2

Pero lejos de saciar su sed de venganza quieren cubrir de oprobio el buen nombre de nuestra localidad pidiendo responsabilidades, ¡Dios bendito!, a quienes ordenaron, diseñaron y ejecutaron las mencionadas obras faraónicas de la calle Terraza. Y ya pueden imaginar qué nimiedades utilizan  como argumentos: los tres millones de euros que costó la obra, los brazos rotos de  los que patinaron en la acera, los adoquines que faltan, los baches…¡Insensatos: vivimos en España!  Aquí nadie asume responsabilidades. ¿Quién, a su malsano juicio, deberán hacerse responsable de los platos rotos? ¿la empresa constructora, los técnicos o  acaso osan pedir la cabeza de don Rafaé, el hombre que pasó de alcalde a imputado, de varón del PA a expulsado del partido en tan corto espacio de tiempo?

De confirmarse la noticia del comienzo de las obras tampoco será cosa de rasgarse las vestiduras, nos imaginaremos que estamos en el colegio y, ya se sabe, si algo no está del todo bien, se arranca la página y comenzamos de nuevo, ¿qué más da? si ya nos dijeron que el dinero público no es de nadie y al fin y al cabo hemos comprobado que nuestros impuestos no llegan a las empresas que prestan los servicios por los que el ayuntamiento los cobra…

Dicen los sibilinos que los comerciantes tampoco verían con buenos ojos las nuevas obras, está claro que no piensan en la publicidad que genera unas  calle en obras o la de puestos de trabajo que pueden crear para limpiar de polvo y suciedad sus respectivos negocios. Estos envidiosos ya no saben qué inventar. Comentan en cafés y tertulias de dudosa calidad y peor gusto que los ciudadanos no lo tolerarán, que saldrán a la calle o pedirán que se ajuste las cuentas a los responsables. Pero qué ilusos. Los esteponeros son como ese pan de molde tan publicitado: “lo aguantan todo”. 

De la osadía de los valientes

Joaquín Sabina, ese genio marcado siempre por la desmesura y la contradicción, tiene en una de sus canciones unos versos que hoy quiero traer a estas páginas. Ignoro si son suyos o prestados: “que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena”. La valentía es una actitud ante la vida, un estilo que conforma el carácter, la personalidad. Tiene una repercusión personal, pero también social. Y aunque afirmemos que ser valiente en la vida es lo moral y lo éticamente correcto, aunque consideremos que la cobardía es una de los más abominables defectos que una persona pueda tener está más que comprobado que los auténticamente valientes, esos hombres y mujeres que miran de cara, que no se venden al elogio fácil, al poder o al dinero suelen tener bastantes más problemas que los que simplemente esconden la cabeza bajo las alas.

Decía Bertolt Brecht que hay hombres que luchan un día y son buenos. Hombres que luchan un año y son mejores. Hombres que luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay otros que luchan toda la vida: eso son los imprescindibles.

Los valientes son esos hombres y mujeres. Son los luchadores que encuentran siempre su hora, su momento para demostrar y demostrarse que la cobardía, y su inevitable hermana, la envidia, terminan fagocitando la propia dignidad del ser humano. La cobardía es como un paso atrás en todo el proceso evolutivo y moral que el ser humano desarrolla desde hace miles de años, es la peor minusvalía, porque es una deficiencia moral, del alma, que termina pudriendo a la persona.

Las personas valientes, los verdaderamente valientes, miran a la vida con una libertad responsable que les hace adueñarse de su propio destino, que le permiten mirar a los ojos, perdonar sin rencores, entender las debilidades ajenas y amar sin reglas y sin medidas.

Pero en todo este circo que nos hemos montado, en esta esquizofrenia moral a la que el mundo nos condena la valentía es un bien escaso. Las personas valientes suelen pagar bien caro, como decía Sabina, la osadía de ser ellos mismos, y el mundo se va quedando poco a poco sin esperanzas. Los valientes, los que permanecen fieles a la verdad, al sentido común, a la justicia, los que pelean día a día para que todos descubramos la verdadera dimensión de la libertad, son arrojados al olvido, se les amordaza el alma, se encadenan al suelo sus sueños y sus ilusiones y se les humilla para escarnio público. Mientras, los cobardes, que tienen los pies de barro y el alma encharcada en angustias por la oscuridad que produce el no querer abrir los ojos a la verdad, siguen pintado el mundo de gris, siguen perpetuando una especie surgida de despojos de ser humano, siguen llorando la pena de sentirse inferiores.

Supongo que debe ser un tanto contradictorio, un poco agridulce los sentimientos que han de experimentar los valientes. De una parte, la satisfacción de la fidelidad a uno mismo y a unos valores en los que cree. La pena por ver la limitación de muchos que siguen sin descubrir las estrellas porque temen mirar al cielo. Por otra parte, la impotencia ante la humillación de que son objeto por no venderse, la frustración por esa especie de ostracismo que sufren y que nos hace menos valiosos a todos.

Personas valientes, sin miedo a perder la cara es lo que necesitamos en nuestro pueblo, que no se aferren a cargos, sueldos o sobresueldos ilegales, que no busquen protagonismos ni reconocimientos personales. Por desgracia, entre los políticos de nuestro pueblo hay muy pocos valientes. De lo contrario, otro gallo nos cantaría.

jueves, 15 de octubre de 2009

Estepona, Oasis de paz

Amanecer2A menudo recuerdo el viejo Renault 4 de mi padre. Me viene a la memoria no como la entrañable tartana en la que se convirtió doce años después de su adquisición, sino como la maravilla automovilística que a mis ojos de niños situaba a mi familia en otro estamento social: ya teníamos coche. Puede que no fuese un deportivo, ni siquiera agradable a la vista, pero ya no tendríamos que sufrir el portillo, nefando purgatorio con ruedas, con sus retrasos y paradas. Mi padre cuidó su coche con una puntillosidad y un cariño desmedido porque supo querer a aquella chatarra magnífica, no por lo que era, sino  por lo que representaba: la ilusión de un hombre empeñado en sacrificarse para mejorar la calidad de vida de los suyos y el esfuerzo que suponía pagar aquel coche con un sueldo tan humilde como el propio modelo pero ganado con un trabajo digno, del que aún hoy se siente orgulloso. Recuerdo el sonido metálico de sus puertas al cerrarse, su genuina palanca de cambios, el olor a nuevo la primera noche que montamos en él, como en una carroza mágica, recién sacado del concesionario.

También recuerdo con notable nitidez una pegatina que mi padre había colocado en la ventana trasera. Era pequeña, semitransparente y muy común en aquellas fechas. “Estepona, oasis de paz”, decía el eslogan. Dónde quedarán aquellos días de mi infancia, dónde esa paz en Estepona. Las aguas sin desembocadura se estacan o se se secan y el oasis termina siendo la peor parte de un desierto: la decadencia de un sueño.

Nuestro oasis se ha secado. La mala sombra nos ha cubierto y no hay forma de deshacerse de tanta negrura. La situación que atravesamos en nuestro pueblo es tan compleja  como caótica. De fondo tenemos las ocho mil almas que andan esperando que la suerte cambie y el trabajo los saque de la desesperación. Y aunque algo se podría hacer desde los órganos municipales no podemos culpar del paro a un ayuntamiento donde la creatividad en las soluciones a los muchos problemas que tenemos es como aquella trabajadora municipal: estar en plantilla, estaba, pero nadie la conocía. Otra cosa es la situación política, social y moral que sufrimos y que sí incumbe directamente a los que nos gobiernan. A todos, porque en este caso el reparto de la culpabilidad es inversamente proporcional al sentido común de los políticos que elegimos en las pasadas elecciones.

De una parte tenemos un gobierno demasiado extraño, demasiado artificial y forzado que ha dilapidado la poca credibilidad que conservaba después de los desagradables y nefastos acontecimientos de Astapa (aún no sabemos, respetando la presunción de inocencia, si perentorios). David Valadez ha ido arrimando sacos  terreros a los pilares de un ayuntamiento en ruinas que poco a poco se han ido convirtiendo en arenas movedizas y que han agotado su renta moral. Pocos creen ya en Valadez, cuyo gobierno ha destacado desgraciadamente  por la poca y mala gestión en diferentes áreas, que nos darán para varios artículos, el desesperado deseo de mantenerse en el sillón a costa de cualquier cosa o el hecho de no importarle gobernar con tránsfugas, antiguos adversarios políticos y elementos de dudosa capacidad para un cargo graciosamente otorgado. Somos muchos, demasiados quizás, los que vimos en la carambola judicial que aupó al poder a David la oportunidad que Estepona necesitaba para salir de la preocupante situación en la que nos habían instalado los diferentes oportunistas que, legislatura tras legislatura, ocuparon los sillones del salón de plenos. Muchos, por tanto, los desencantados al descubrir que poco ha cambiado.

La oposición mientras tanto vive en unas continuas vacaciones, caminando dos metros por encima de la cruda realidad, haciendo política de la señorita Pepis no se sabe a qué precio o por qué razón. Quizás porque cada cual tiene sus propios muertos escondidos en los armarios. Lo cierto es que tanto la oposición como el gobierno toman las decisiones pensando en hacer daño al adversario y no en lo que conviene a los ciudadanos. Dicho de otra manera, se están dando sus buenas puñaladas traperas… en nuestros riñones.

Y luego, y para acabar de describir someramente nuestro circo consistorial, están los señores imputados del mencionado caso Astapa que han sido expulsados de sus partidos y que se pasean con largas caras y gravedad en sus movimientos y decisiones, como si ahora gozasen de una dignidad de la que antes, cuando nadie dudaba de ella, no hiciesen gala. Tarde han aprendido que la mujer del Cesar, además de ser horrada tiene que parecerlo. En esta nueva etapa han descubierto su absoluta vocación por las zancadillas y el oportunismo, antes solo eran aficionados, pero con el tiempo y las adecuadas lecciones de algunos de ellos, más duchos por antigüedad en estas lides, han conseguido hacer de la felonía y la venganza su propio negocio, su sitio natural.  

Así, guiados por esta mezcla de incapacidad, ignorancia supina y mala inquina, nuestro pueblo zozobra a la deriva.

Oasis de paz… Mucho me temo que lo peor es que la guerra solo acaba de comenzar  y que parece claro quiénes seremos las bajas en la batalla.            

    

 

martes, 6 de octubre de 2009

La memoria del agua

El amor tiene tantos matices como la luz que lo ilumina. A veces es luz de marzo, algo tibia, que contagia cierta nostalgia que aflora desde no se sabe dónde. Otras veces la luz nos golpea de agosto, casi cegándonos de tanta blancura derramada, de tanta desnudez que se desvela…

Luego están los ojos. Hay ojos entrenados para lo hermoso que no saben sino sacar el brillo que nadie atisbó en la oscuridad. Otros ojos no ven sino negruras en todos los rincones y en todas las almas, ojos que, de mirar abajo, han perdido el color.

El amor y el alma, la luz y el ojo. Dos aguas que han de moldearse la una a la otra, que vienen de ríos distintos pero conservan la memoria húmeda, ancestral y arcana, que toda gota posee. Por eso, a veces el agua corre desbocada, indómita como si la locura de verse presa en otro líquido la llevase a precipitarse por las piedras, porque el agua es libre y muy celosa de su identidad. El agua no permite otra imposición que la suave mecida de una mano que recupere su sonido más enamorado y, así, la mezcle con otras aguas. Cuando esto pasa, el agua recupera su memoria más perfecta, su esencia más flexible y lo llena todo y lo alcanza todo.

Hay amores que la  luz no consigue desvelar del todo y ojos que no miran sino su propia pupila. La música del arroyo que corre invitador a ser líquido en la verdura no llega a estos amores extraños ni a estos ojos egoístas. Cuando el agua anda desmemoriada no tarda en estancarse. 

viernes, 16 de enero de 2009

Café Manicomio

¿Le parece bien aquella mesa? Esa junto a la puerta, desde donde podamos ver bien quién sube y baja por la calle. O quizás prefiera dentro, al abrigo del frío que se nos ha colado este invierno. Allí, junto al último ventanal, veo una mesa libre. Si, coincido con usted en que este café es delicioso y, aunque no me crea, puedo asegurarle que todos los esteponeros terminan, tarde o temprano, pasando por su puerta a lo largo del día. Por la mañana, el sol baña su terraza devolviendo algo del calor perdido a unos clientes agradecidos. La gente va y viene por la calle Terraza o la calle Real o se para a comprar el periódico o a charlar un rato en uno de los cruces de calles más carismáticos de Estepona. Unos con prisa, otros paseando. Algunos salen de sus trabajos para desayunar con la competencia. Todos, en fin y sin proponérselo, han colocado el café Manicomio en un lugar privilegiado de sus biografías.
Ignoro quién tuvo la visionaria idea de bautizar una cafetería con el nombre de Manicomio, pero estoy seguro de que no alcanzó a imaginar que su establecimiento iba a convertirse en algunos momentos de la historia de nuestra localidad en estandarte y seña de identidad de la misma. Recuerdo que hace unos años, con motivo de la semana de cine español, visitó nuestro pueblo Alfredo Landa. En su discurso de agradecimiento por el homenaje recibido dijo que él ya conocía Estepona, había venido un par de veces, pero confesó que no se acordaba de nada del pueblo, tan solo recordaba que había un bar que se llamaba El Manicomio.

A poco que se intente, y en uno de esos momentos mágicos en los que la tranquilidad no es interrumpida por los coches, se puede escuchar el mar. Se intuye, tras los edificios próximos, el Mediterráneo como el verdadero dueño de la ciudad. En el Manicomio no hay lugar para el aburrimiento. Uno se trae la prensa o intenta leer un libro, pero es imposible; siempre llega alguien al café o sucede cualquier cosa que interrumpe la lectura. Por aquí pasan abogados,alcaldes, imputados, artistas, soñadores, notarios, jueces, excéntricos extranjeros, periodistas, detectives, rateros, policias... todo un crisol de personalidades que van dando forma a la locura cotidiana. Existen otros mentideros en Estepona parecidos a éste, pero el Manicomio cuenta con un escenario irrepetible. Por eso, si usted lo ve bien, tengo la intención de invitarle a un café en esa mesa tan acogedora.

Hace tiempo que El Manicomio cambió su nombre por otro más distinguido (si es que cabe mayor distinción). Ahora se llama Café Real. Pero es inútil. Ese local será siempre el Manicomio, por más que, por mor del Demonio, nos coloquen, Dios no lo quiera, un Mc Donald´s en su lugar. También ignoro (ya ve usted cuánta ignorancia en tan poca persona) si hubo alguna vez un nombre que encajara mejor con la situación actual de nuestro pueblo. Estepona es, desde hace demasiado tiempo, un manicomio, una auténtica casa de locos. Mi intención es compartir con usted algunas reflexiones desde esta mesita nuestra del Manicomio, con nuestro café en las manos, con la certeza de ser invisible para todos, viendo pasar el mundo.